
Lisa no podía dormir. No era ni la primera ni la ultima vez que aquel vacío la iba a invadir, todos andaban dando vueltas alrededor del niño sin saber que hacer, que decir. Pero ella se sentía sola, sin nadie a quien acudir. Una sensación que retornaba cada noche cuando Lucas se había dormido y ella se quedaba sola y podía dedicarse algún que otro minuto, antes que le venciera el cansancio y decidiera ir a acostarse.
Antes Lisa iba cada día a tomar el café a la estación, le encantaba ver como la gente se reencontraba o se despedia. Eran una buena compañía. Se imaginaba despidiendose de su amor, aquel hombre que todo lo cambaría, que la anudaría a salir de la casa de locos donde estaba. Pero todo se quedaba ahí, en su ensoñación, jamás pasaba nada. Llegaba. Compraba el periódico. Ojeaba las paginas de sucesos de camino al bar. Imaginaba que era su padre o su madre o cualquiera de sus hermanos las iniciales que aparecían en los artículos. Llegaba al bar. Pedía un café solo y un vaso de agua. Entonces apartaba la vista del periódico y miraba los andenes. Le encantaba el silencio y la cantidad de personas solas que estaban en el bar, esperando que partiera su tren, como ella. Un día no reparo que habían cambiado el camarero, nunca se fijaba en ellos, pero este llamo su atención y ella la de él.
- Aquí tiene su café y su vaso de agua. ¿le puedo preguntar algo?
Aquello rompió su rutina, hizo que Lisa sonriera y antes de poder contestar sus ojos dijeron si.
- ¿Podría soñar con usted esta noche?
Lisa calló, pagó y se fue a trabajar. Esa pregunta se convirtió en parte de su rutina y John no dejó de hacérsela cada día. Lisa nunca la contestó pero John empezó a soñar con ella. Con sus ojos de chocolate, su voz dulce y su sonrisa libre. No dejaba de pensar quien sería ella y empezó a imaginar su vida. Un martes decidió cambiar el turno y acabar cuando Lisa viniera, la siguió y descubrió a Lisa. Le pareció que no era suficiente para ella la vida que llevaba y decidió cambiarla. Preparó su gran truco, sin que ella se diera cuenta cambaría todo aquello que le parecía que estaba mal. Pensó que tal vez así Lisa contestará algún día su pregunta. Fueron meses de dedicación.
Pedro vivía en un barrio humilde de esa gran ciudad, la vida le había traído 3 hijos y 1 hija. Jamás decidió tener tantos. Lola era su mujer, coqueta, actriz y demasiado soñadora con una facilidad espantosa para procrear. Pedro y Lola formaron una familia después de una verbena de san juan. Desde aquella verbena no habían pasado un rato bueno, se dejaron llevar por el río y acabaron en un piso oscuro con 4 hijos y mucho rencor. Nunca se quisieron como debieron quererse y eso les paso factura. Una noche Lola fue al homenaje a una querida actriz, amiga y confidente suya, que acababa de fallecer en un viaje por África. En la fiesta un mago deleito a los asistentes con trucos llegados desde el otro lado del charco y enamoró a Lola. No era la primera vez que se había enamorado pero el deseo le recordó al sentido con 19 años cuando vivió con Sergio el mayor romance de pasión de su vida. Esperó al mago a la salida, ya tenia edad para dar el primer paso y le invitó a una copa. Bebieron , hablaron e hicieron el amor toda la noche. Pedro esperaba la vuelta de Lola para contarle que se iba.
Pedro había conocido a alguien, un hombre que había hecho ver su destino en la vida. Debía irse a América. Conocer la realidad de otras personas. Que mejor manera de pasar su jubilación. Desde que conoció a Lola no había hecho nada más que dedicarse a su familia, trabajando, luchando con su mujer por la educación de sus hijos, viviendo un infierno por que no les faltará nada. Ya era momento de compartir su dedicación con quien lo necesitara, no a quien lo exigiera. Esto a Lola no le molestó, casi ni lo escuchó, venía libre, se sentía por encima del bien y el mal. Nada rompería su sensación de plenitud. La mañana siguiente al ver que el armario estaba medio vacío y Pedro no estaba entonces reaccionó. Llamo a su móvil y nunca más contestó. Pero se sentía bien, capaz de poder seguir con la vida ella sola, sus hijos ya eran mayores, quizás solo le preocupaba Lucas pero Lisa sabia cuidar de él. Nunca le dejaría solo. Lola también se fue.
Y así quedo todo, Lisa y Lucas solos en aquel piso oscuro. Javier y Pedro hacia tres años que se habían ido. Lucas era un estorbo en sus vidas, nunca lo habían entendido. Nunca se habían metido en medio de su ira, jamás le prestaron atención en sus crisis, solo Lisa sabia escucharlo, comprenderlo. Hacia tres meses Javier y Pedro vinieron con unos folletos de un hospital privado que estaban dispuestos a costear para Lucas. Decían era un lugar donde no le faltaría de nada, donde estaría bien. Lisa no lo permitió y ahora andaba preguntándose si tal vez esa podría ser la opción, la salida.
Aquella mañana después de que su tía llegara a casa a estar con Lucas mientras Lisa trabajaba, fue a la estación y no escucho la pregunta. John la cambió.
- ¿ puedo hacer algo más por ti?
Lisa si contesto, dijo No. Se fue a trabajar y al volver a casa decidió que debían llevar a Lucas al Hospital. Vendería el piso. Se iría a vivir al pueblo donde estaba el hospital, así podría estar cerca de Lucas. No quería estar sin él. Siempre se había sentido parte de su cordura. Porque el problema de Lucas era su lucidez, Lisa no conocía a nadie mas lucido. Lo quería.
John no volvió a ver a Lisa. No pudo preguntarle nada más. Para Lisa había sido una parte más de su rutina y él había cambiado su vida.

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